Lo que nunca debimos olvidar de los romanos
“El más fuerte no lo es nunca lo suficiente para ser siempre el amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber” Rousseau
Actualmente no paro de leer lo que desde mi punto de vista son elucubraciones acerca de liderazgo 2.0 (o incluso se pueden leer cosas acerca de liderazgo 3.0)… nos empeñamos en correr cuando en la mayoría de empresas ni siquiera se sabe andar.
Seamos realistas, el liderazgo en España es una asignatura pendiente, vivimos perpetuados en una sociedad de ordeno y mando “porque siempre se ha hecho así”… y cuando se intentan introducir en una empresa temas relacionados con la gestión de personas son acogidos con un gran escepticismo, ya que normalmente, los resultados de estas políticas son a medio-largo plazo y no hacen “aparecer ceros” por arte de magia en la cuenta de resultados…
A pesar de que se lleve poco a la práctica, el arte del liderazgo era ya algo sobre lo que teorizaban los romanos allá por año 27 a.C… y sobre este arte, dejaron un legado que no vendría nada mal que tuviésemos en cuenta en estos tiempos modernos.
Los tres poderes romanos
En la cultura romana, se distinguían tres tipos de poderes diferentes: Imperium, Potestas y Auctoritas.
Lo lógico sería tratar los tres, sin embargo y dado que el artículo trata sobre liderazgo, prefiero centrarlo en los dos poderes relacionados con el mismo: potestas y auctoritas.
Auctoritas es la cualidad por la que una persona se hacía merecedora del respeto y admiración de sus semejantes través de la demostración continuada de experiencia, conocimiento, y denotadas habilidades personales.
La auctorictas es el hecho de que la gente escuchaba y aceptaba lo que alguien decía no por la posición jerárquica que este ocupaba, sino porque esa persona, tenía a sus espaldas toda una historia de trabajo duro, de esfuerzo, de respeto, de sacrificio, y de conocimiento que la hacían merecedora del honor de ser escuchada.
Actualmente es lo que definiríamos como liderazgo “informal”.
Potestas: es el poder que se poseía simplemente por ostentar un cargo jerárquico, era totalmente impersonal, y su duración venía determinada por el tiempo que se prolongaba la relación de poder existente entre personas.
Si un directivo ostenta sólo este grado de poder, las personas no le obedecen a él, sino a su cargo, independientemente de quien lo ocupe, su poder durará tanto como su posición en el mismo.
La persona que sólo ostente este tipo de poder obtendrá la sumisión de sus subordinados, pero nunca ganará su respeto.
Actualmente es lo que definiríamos como superioridad jerárquica o liderazgo “formal”.
En nuestra vida podemos observar como las personas siguen fervientemente a la gente imbuida de autorictas, mientras que sólo siguen a quien carece de ella en función de su capacidad para ejercer la potestas que debido a su cargo tenga sobre ellas.
Cuando hablamos de un auténtico líder la unión de ambas es totalmente necesaria. Quizá la segunda, la potestas, nos pueda ser dada, pero la primera debemos ganárnosla en ‘el campo de batalla’.
A continuación podemos ver las relaciones existentes entre ambos poderes:
Auctoritas + Potestas = Liderazgo
Sin Auctoritas + Potestas = Dictadura, opresión
Auctoritas + Sin Potestas = Cambio, Revolución
Sin Auctoritas + Sin Potestas = Confusión, desorientación
El triunfo y el poder
El “triunfo” romano era una espectacular ceremonia que se realizaba con el fin de honrar a un general victorioso en el campo de batalla y a sus legiones.
Se trataba de un enorme desfile militar donde como dato curioso, cabe destacar que el general era quien cerraba el desfile, siendo precedido por sus legiones, y los prisioneros de guerra.
Esto era así porque realmente, la gloria se reconocía a quienes habían luchado de manera directa en la batalla, a los soldados (incluso a los vencidos). Esto choca de pleno con las políticas en la empresa moderna, donde muchas veces las medallas y la gloria se las llevan los directivos en lugar de los equipos que hacen posible la obtención de resultados.
Otro detalle curioso es que el general cerraba el desfile en una biga (un carro tirado por dos caballos) en la cual iba acompañado por un esclavo, que sosteniendo los laureles de la victoria sobre su cabeza le recordaba constantemente las fórmulas: Respice post te, hominem te esse memento (“mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”) y/o memento mori (“recuerda que vas a morir”).
Merece especial atención el detalle del esclavo, la clase más baja de la sociedad romana desfilando en el mismo carro que el general y susurrándole: “no importa las alabanzas o la gloria que recibas, en el fondo tú eres igual que yo, igual que todos, sólo eres un hombre (y no un dios)”.
Una cura de humildad en toda regla… nunca viene mal recordar eso a grandes directivos que debido a su posición a veces se les olvida que ellos también han comenzado por abajo.
La ceremonia del triunfo sin embargo no siempre se realizaba tras una batalla, debían de cumplirse una serie de requisitos para que esta fuese autorizada, entre ellos estaban los siguientes:
- Lograr una victoria significativa contra un enemigo extranjero, matando al menos a 5.000 soldados enemigos.
- La victoria debe realizarse en una guerra victoriosa. Una batalla ganada en una guerra perdida no da derecho a triunfo.
- La guerra debe haber sido “Bellum Iustum”, es decir, una guerra correctamente declarada.
- La mayoría de las tropas debían volver a casa con vida.
La victoria debía ser sobre extranjeros: de nada valía una victoria sobre otros romanos, eso estaba visto como algo indigno de celebración. Los romanos nunca vieron una victoria ante sus semejantes como una victoria; sino como una derrota, ganara quien ganara.
Esto me trae a la cabeza la cultura existente en muchas empresas donde precisamente se premia todo lo contrario… las políticas de incentivos son individuales, se premia a quien consiga los objetivos al precio que sea y como sea (aun a costa de sus compañeros), la mentalidad de equipo brilla por su ausencia, etc.
Se debía matar al menos a 5.000 soldados enemigos: Masacrar poblaciones civiles no daba derecho al triunfo. Vencer a una fuerza militar superior sí.
Se recompensaba a quien realmente demostraba su valía en el campo de batalla, superando a priori un desafío superior a sus capacidades, no a quien obtenía la victoria enfrentándose a enemigos inferiores en número o en capacidad militar.
Debe realizarse en una guerra victoriosa: una total orientación al resultado final, de nada vale una victoria pequeña si el objetivo final no se ha conseguido.
Debía ser correctamente declarada: de nada valían las victorias obtenidas a través de tretas y artimañas puesto que estas no demostraban ni la capacidad ni el honor del general que las obtenía.
El honor, la integridad, el “ir de frente”… pueden parecer conceptos algo pasados de moda, aunque parándose a pensar un momento, quizás no vendría mal el recuperar algo de esto hoy en día teniendo en cuenta la crisis de valores que existe en la sociedad actual.
Solamente se podía celebrar el triunfo si la mayor parte de las tropas propias volvían a casa con vida: obtener la victoria era importante, pero no a cualquier precio.
Superar los resultados en un 40% si comenzamos con diez empleados, y terminamos con seis, de los cuales la mitad no comenzaron con nostros y teniendo en cuenta que durante el proceso ha habido un divorcio, tres rupturas de pareja, un ex trabajador con depresión, etc. en ningún momento puede considerarse como un triunfo, independientemente de que el jefe se haya ganado una prima por objetivos y le asciendan por la capacidad sobrehumana de explotar a sus subordinados.







